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Argentina-Rodolfo Colángelo

El kirchnerismo se consolida como la dirección política de las masas

Fecha de publicación: 31 octubre, 2011

El kirchnerismo y en particular Cristina Fernández de Kirchner se ha consolidado como la dirección política de las masas en el marco de un proyecto capitalista que se referencia en etapas desarrollistas, esto es, mercado interno, creación de fuentes de trabajo, fortalecimiento de la educación y la salud en los sectores populares y reindustrialización para romper el cuello de botella que significa depender casi exclusivamente de la producción del agro en cuanto al ingreso de divisas por exportación.

En primer lugar es necesario volver a la definición de las “masas”, una palabra denostada por la etapa neoliberal y abandonada incluso por los sectores progresistas.

Masas es la conjunción de los trabajadores, sectores medios y populares de distinta extracción que convergen en un proyecto con una clara conducción política sin que esto signifique “masificación” o pérdida de la individualidad.

Masas es proyecto político más solidaridad e identificación con esa dirección y sus objetivos.

Estamos hablando, obviamente, en el sentido progresivo de la historia y no de las masas conducidas por movimientos fascistas o nazis, con su carga reaccionaria.

El revolucionario ruso León Trotsky sostenía que “la crisis de la humanidad es su crisis de dirección revolucionaria” y que si ésta no se resolvía el péndulo de la historia iba a oscilar en forma permanente entre la disyuntiva “socialismo o barbarie”.

La crisis de las masas, es, en consecuencia, su crisis de dirección y es obvio que la humanidad está lejos de resolver esta cuestión y que la “barbarie” capitalista se pasea por distintas regiones del planeta, aún en su etapa de decadencia más profunda.

Salvando las distancias históricas y las comparaciones, lo que sucedió el domingo 23 de octubre en la Argentina puede definirse, a escala local, como la resolución de una crisis de dirección que venía golpeando a los sectores populares desde hace décadas, sometiéndolos a la desorientación e incluso al espejismo de proyectos que atentaban contra sus propios intereses de clase, lo que incluye a trabajadores –ocupados o desocupados- y clase media.

El kirchnerismo y en particular Cristina Fernández de Kirchner se ha consolidado como la dirección política de las masas en el marco de un proyecto capitalista que se referencia en etapas desarrollistas, esto es, mercado interno, creación de fuentes de trabajo, fortalecimiento de la educación y la salud en los sectores populares y reindustrialización para romper el cuello de botella que significa depender casi exclusivamente de la producción del agro en cuanto al ingreso de divisas por exportación.

Además, medidas claves como el matrimonio igualitario, –hecho revolucionario en un país donde todavía la homofobia se mantiene con fuerza- la ley de medios, la asignación universal por hijo, la nacionalización de las AFJP y las condenas a los represores de la dictadura militar, entre otras, han conformado una alianza policlasista –en la que incluso intervienen sectores del empresariado industrial por sus intereses capitalistas- que se refleja en esa dirección política.

Para entender la resolución de la crisis de dirección hay dos momentos fundantes: uno fue el Bicentenario y sus festejos donde esas “masas” encontraron un cauce para expresarse –que hasta el momento no tenían- y otro fue el tremendo impacto de la muerte de Néstor Kirchner que encendió todas las alarmas e impulsó a los sectores populares a salir a la calle.

Parafraseando otra vez a Trotsky, esos sectores advirtieron que la “barbarie” estaba acechando. Primero fue la derrota de la resolución 125 que dio impulso a las fuerzas destituyentes, etapa en la que claramente desde los medios concentrados se alentó la caída del gobierno teniendo como brazo ejecutor a la oposición y a la movilización de parte de la clase media, que era arrastrada en contra de sus propios intereses aunque lo ignoraba.

La derrota en las elecciones legislativas de 2009 dio oxigeno a la intención destituyente, pero el gobierno redobló la apuesta con las medidas ya enunciadas y esas masas que permanecían en el desconcierto comenzaron a confluir en el cauce que finalmente encuentran en el fenómeno del Bicentenario y en el golpe por la muerte de Kirchner.

En los últimos días, diversos analistas e intelectuales intentaron explicar el contundente triunfo de Cristina Fernández en las elecciones presidenciales por la división de los partidos opositores y la falta de claridad en transmitir su mensaje al electorado.

Incluso, una intelectual como Beatriz Sarlo buscó desentrañar el resultado en su columna del diario “La Nación” apelando a “la puesta en escena de la presidenta en su papel de viuda, aconsejada por un pequeño grupo de publicistas”.

Miles de centímetros de columnas en los diarios, opiniones en televisión como las de Susana Giménez y Mariano Grondona afirmando que “los argentinos votamos con el bolsillo”, emparentan en el nivel intelectual a Sarlo, Giménez y Grondona con la superficialidad más evidente. Todos en una misma bolsa para intentar deslegitimar el triunfo de la presidenta.

Más allá del mejoramiento de las condiciones materiales de sectores de la población –un hecho que, obviamente, fortalece a un gobierno- lo que triunfó fue un proyecto y la recomposición de una dirección política.
Pero también se impuso un salto cualitativo en el marco de ese proyecto porque esas masas no delegan en un gobierno –tal como lo hicieron con Alfonsín, Menem y De la Rúa- su exclusiva representación alejándose de la participación política, sino que comienzan a organizarse para ponerle una agenda a la gestión, sobre todo los sectores juveniles.

En ese sentido, en su mensaje de Plaza de Mayo tras el triunfo, Cristina exhortó a los jóvenes a organizarse en los distintos frentes políticos y sociales. Esto es, esa dirección reconstituida necesita apoyarse en la organización popular.

Otro dato importante a tener en cuenta es que se ha roto la cadena entre los medios hegemónicos –verdadera dirección política de la oposición- y la gente que no dio crédito a sus columnistas, pronosticadores de catástrofes, ni a las operaciones realizadas para favorecer a los candidatos opositores.

Los diarios, los programas de televisión, ahora se miran con sentido crítico y es evidente que se ha diluido su poder de crear subjetividad y formar una realidad acorde a sus objetivos.

En el plano económico, el gobierno enfrenta desafíos importantes. La alianza con los países latinoamericanos busca blindar a la región frente a la crisis capitalista mundial y en estos días ha tomado algunas medidas clave: las petroleras y las empresas mineras deberán liquidar el total de sus exportaciones en el país lo que aseguraría un ingreso de 3 mil millones de dólares anuales y las aseguradoras deberán repatriar su fondos ubicados en otros países.

Son medidas coyunturales pero de peso frente a la crisis de los países desarrollados que buscan trasladarla hacia las economías emergentes.
Es verdad que las mineras saquean y contaminan o que la soja nos lleva hacia el monocultivo.

Pero ¿el gobierno en lo inmediato debe prescindir de esos ingresos? ¿Es posible cerrar las minas provocando una crisis social por la pérdida de puestos de trabajo? ¿Hay que dejar de lado la soja y, en consecuencia, perder los ingresos por su exportación?

Sectores progresistas cuestionan al gobierno en este sentido, pero cuando se quiso imponer la resolución 125, por ejemplo, para ponerle freno al monocultivo y diversificar la producción agraria, respaldaron a los productores del campo y a sus organizaciones.

Lenin, tras la revolución en Rusia, lanzó la Nueva Economía Política (NEP) que consistió en entregar grandes zonas de tierra a los kulaks (campesinos ricos) para reorganizar la producción en el campo, devastada por dos años de guerra civil y hambrunas. Su consigna fue “enriqueceos”.

Se trataba de alimentar al pueblo en medio de una terrible hambruna y para ello era necesario recuperar la organización en la producción agrícola. ¿Era Lenin un político de derecha?

A su vez, Stalin, una vez en el poder, obligó a una rápida “colectivización forzosa” de la tierra fusilando a varios millones de kulaks y provocando una catástrofe agrícola. ¿Era Stalin un revolucionario?

De ahora en más se abre una nueva etapa. Estos cuatro años servirán para apostar a la consolidación de esa dirección que deberá enfrentar numerosas acechanzas. El movimiento obrero tendrá la oportunidad de aprovechar la enorme brecha política y sindical que se abre con la incorporación de millones de nuevos trabajadores a la producción y también de forjar sus propias direcciones.

En la Argentina y en Latinoamérica tal vez la cuestión no sea “socialismo o barbarie” sino otras formas de organización popular que enfrenten a esa “barbarie”.

Última modificación: 31 de octubre de 2011 a las 02:55
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