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Opinión

José Martí: del antiesclavismo a la integración racial

Fecha de publicación: 13 enero, 2011

Quien fuera como Martí, un absoluto defensor de la “raza buena y prudente que ha sido ya bastante desgraciada” (Martí, 1991, T1: 172)[1], quien en su deambular por Europa y América había conocido innumerables muestras del trato inhumano y cruel que se brindaba a los nacidos en África y a los aborígenes de nuestras tierras; no vacilaría en atacar y luchar contra la esclavitud y sus secuelas de intolerancia, racismo, discriminación y recelo raciales.

Sobre el antirracismo martiano se han detenido diversos investigadores y estudiosos de su obra. Algunos han acudido incluso a las entrañables relaciones del Apóstol con diferentes amigos de la raza negra que lo acompañaron en la vida y en la lucha. Destaca Guerra Castañeda, por ejemplo, su relación con Juan Gualberto Gómez2, que “…a la estimación y el respeto en que trata a Gómez, va implícito el respeto y la estimación que le merece el elemento de color, pues hay una completa ausencia de la condición racial de Gómez que justifica la absoluta ausencia de prejuicios de Martí.” (Guerra, 1947, 54)

Este propio autor, en una prolija compilación de Las amistades negras de Martí brinda numerosos ejemplos de que para el Apóstol la raza no constituía un elemento diferenciador de los hombres y mucho menos una limitante para sus referentes más cercanos.

Tal estudio, más que a través del pensamiento del Apóstol, nos lo muestra tal cual era, por medio de sus propias relaciones humanas sin distingos de raza ni de condición social a la hora de seleccionar a sus más estrechos amigos y compañeros y bien distante en tales cariños de condicionamientos políticos circunstanciales, como le quisieron ver algunos, aunque muy firme en su discernimiento de valores éticos y políticos sobre los que cimentaba la amistad. A lo largo de la obra martiana, especialmente en sus cartas, no podrá ser encontrado ni un ligero asomo discriminatorio, distanciador o de recelo ante destinatarios de diferente color de piel, sino por el contrario, fervorosas muestras de amor, de hermandad y de respeto que sólo se profesan a quienes se consideran iguales.

Quizás ninguno como Fernando Ortiz estudiara tan hondamente el pensamiento martiano en su referencia a las razas y los problemas raciales, cual en su obra Martí y las razas. Nadie como él ha legado mayor aporte al fenómeno racial contemporáneo en nuestro país, puesto que en tanto supo encontrar en el Maestro el nutricio fundamento, fue capaz de desarrollarlo y conducirlo al través del sendero científico.

El impacto martiano en la obra de Ortiz, como en la de Emilio Roig, justamente evaluados por Dulce Maria Sotolongo, nos muestra al Apóstol trascendido a su contemporaneidad, en una república neocolonial frustrada e incapaz de dar cabal cumplimiento a sus sueños. (Sotolongo, 1986)

En su obra El engaño de las razas señala Fernando Ortiz:

“La raza es un concepto humano tan histórico y científicamente convencional y cambiadizo como social y vulgarmente altanero y despiadado. Pocos conceptos hay más confusos y envilecidos que el de raza. Confuso por lo impreciso, envilecido por los despreciables menesteres políticos y sociales en que ha sido empleado”. (Ortiz, 1975, 35)

Se puede afirmar sin vacilación que Martí habría suscrito totalmente tal enunciado. En su obra son numerosas las referencias a las injusticias raciales y a las ignominias que en su nombre se hicieron, en la que no faltaron alusiones a los hebreos, quienes “De su religión, … hacen patria”, (Martí, 1991, T9: 205) como tampoco a los indoamericanos, tantos los del norte como los del sur del Río Bravo, “…tan ofendidos, tan flagelados, tan anhelosos como los negros de su inmediata emancipación …” (Martí, 1991, T4: 202), en fin, a los negros, para quienes deparó páginas imborrables de ternura y consideración, cuando se dirige a los españoles y les dice: “…la raza que más os ha sufrido, que más se os ha humillado, que más os ha esperado, que más sumisa ha sido hasta la desesperación o la desconfianza en las promesas ha hecho que sacuda la cerviz.” (Martí, 1991, T1: 50)

El propio Ortiz apunta que “...parece comprobado que la voz raza se aplicó primero a los animales para señalar su casta y que, al extenderse metafóricamente dicha voz a los humanos, llevó consigo implícita una conceptualización de animalidad, por lo cual la palabra raza tuvo generalmente, desde su origen un sentido despectivo”. (Ortiz, 1975, 44)

Hay en su definición, más que una sujeción enciclopédica, una connotación peyorativa del término raza, que había recibido como herencia directa y de genes dominantes del Maestro, especialmente en su trabajo Mi raza, en el que el Apóstol nos dice:

“Esa de racista está siendo una palabra confusa, y hay que ponerla en claro. El hombre no tiene ningún derecho especial porque pertenezca a una raza u otra: dígase hombre, y ya se dicen todos los derechos. El negro, por negro, no es inferior ni superior a ningún otro hombre: peca por redundante el blanco que dice: ´ mi raza ´; peca por redundante el negro que dice: ´ mi raza ´”. (Martí, 1991, T2: 298)

Destaca en primer lugar la asunción martiana de la “raza humana” como única e indivisible, de la cual se siente partícipe entusiasta cuando señala “Hombre es más que blanco, más que mulato, más que negro”. (Martí, 1991, T2: 299)

En sus conceptos de igualdad humana, de unicidad e indivisibilidad del hombre, de identidad como especie, toma distancia el Maestro de las tentadoras manifestaciones humanistas de respeto, consideración y de igualdad en el derecho, las cuales expresaban nobleza de espíritu y resultaban ciertamente atractivas pero insuficientes, toda vez que entrañaban en sí mismas diferencias entre los hombres. Para él todo cuanto dividiera a unos y otros resultaba inadmisible. Observaba que quienes sostenían tales preceptos se veían entrampados en cierto tipo de relación que no tenía precisamente como fundamento la equidad y la igualdad de derechos que él defendía.

Empero, no le resulta suficiente a Martí tal concepto de igualdad quimérico, puesto que al mismo se ha de arribar luego de violentar las diferencias históricas que se han gestado entre las razas, diferencias que han pervivido hasta sus días más como consecuencia de desiguales estadios de desarrollo, de distintas condiciones de vida e incluso de designios de la naturaleza, como la resultante de la imposición, de lo cual la conquista de África y de América da sobrados ejemplos; de la sobrevaloración de unos a costa de la humillante desestima de otros, en lo cual la esclavitud aporta el más bochornoso paradigma; del etnocentrismo y la contraposición entre “civilización” y “barbarie” a escalas socioculturales y evangelizadoras. No tiene nada de extraño, por tanto, que sume a su clamor por la igualdad entre los hombres, cierta consideración de extrema delicadeza para quienes han llevado la peor parte en el decursar histórico:

“El hombre de color tiene derecho a ser tratado por sus cualidades de hombre, sin referencia alguna a su color y si algún criterio ha de haber, ha de ser el de excusarle las faltas a que lo hemos preparado, y a la que lo convidamos por nuestro desdén injusto”. (Martí, 1991, T1: 254)

Puede intuirse una aproximación paternal, sensible, o como dijera Poey Baró “sentidas ‘desde fuera ´…a fuerza de tanto amor” (Poey Baró, comunicación personal), cuando Martí apela a “excusarle las faltas a que lo hemos preparado”. La incorporación del componente histórico a su análisis deja fuera de toda duda su intención de justificar a esa población emergente: en todo caso se explica a la luz del trato recibido durante generaciones, las imperfecciones de su arribo al mundo de la “civilización”.

Martí reclama que se les respete, que se juzguen sus “faltas” sobre la base de sus condicionamientos históricos y culturales, tan legítimos y viables, antes que exigirles la asunción de supuestos “valores universales”, cual ocurre con tanta frecuencia hoy en el modo de juzgar desde la occidentalidad unipolar.

No son especulaciones de gabinete las que llevan a Martí a tales juicios. Sus vivencias en los Estados Unidos le confirman la justeza del endeudamiento de los blancos hacia los negros, otrora esclavos, por lo que señala con firmeza que “el que contrajo ´obligaciones justas ´, la obligación de ser paciente con el hombre que envileció y abusó, no debe pedir que otro le pague las deudas por él…”. (Martí, 1991, T12: 175-176)

Observa que con la abolición de la esclavitud el fenómeno discriminatorio hacia los negros –existente desde mucho antes y con inenarrables huellas en la población autóctona del oeste norteamericano y en el trato hacia los países vecinos de América Latina, pero enriquecida por aquella – adquiere una connotación mayor. Superada la esclavitud como el más alto exponente discriminatorio, el racismo resulta para Martí tan vil e indigno como su precedente.

A la par que con regocijo registra el progreso que se observa en ciertos sectores de la población negra, con dolor muestra la penosa situación en que emergieron las mayorías de la esclavitud:

“Allá fuera, por entre líos de negros, acurrucados en los quicios, halla el cuerpo la procesión de míseros, con los paraguas inútiles a rastras. Uno duerme de espaldas a un pedestal y muda de lado cuando cambia de viento. Otro, al favor de la noche, se encuclilla contra las patas traseras del caballo de una estatua”. (Martí, 1991, T12: 169)

Con la delicadeza que le impone su exilio en Norteamérica, pero con la crudeza que le exige su conciencia, deja evidenciadas el Apóstol las horribles penurias de los míseros negros, para mostrarnos la invalidez de quienes habían confiado su suerte exclusivamente a la abolición del flagelo esclavista y habían cifrado sus esperanzas más caras en su feliz eliminación. También nos brinda su crónica acerca de las diversas formas que tienen los negros para ganarse el sustento, en especial en su pasaje Coney Island:

“…con grandes risas aplauden otros la habilidad del que ha conseguido dar un pelotazo en la nariz a un desventurado hombre de color que, a cambio de un jornal miserable, se está día y noche con la cabeza asomada por un agujero hecho en un lienzo esquivando con movimientos ridículos y extravagantes muecas los golpes de los tiradores…” (Martí, 1991, T9: 127)

Por más que exalte los ejemplos de aquellos que han logrado erigirse sobre las limitaciones que han sido impuestas a su raza, por más que trate de encontrarle explicación a esa “suerte adversa” de la generalidad una vez abolida la esclavitud, se hace evidente al Maestro que no son suficientes las libertades políticas para que se produzca el necesario y ansiado despegue económico de los negros y que resulta muy distante esa sociedad de aquella en que los hombres fueran iguales y no existiera diferencia por el color de la piel.

Observa que ya las trabas no radican esencialmente en el plano político y jurídico. La libertad, el derecho de opción, la participación electoral, que fueron fines ansiados durante la etapa de lucha antiesclavista devinieron fundamentos, bases sobre las que sería necesario erigir otras acciones que dieran al traste con la enorme desigualdad económica y social que la esclavitud dejaba como herencia.

A sus ojos se muestra un rosario de manifestaciones discriminatorias –no solo en el terreno económico –, que le resultarían incomprensibles si no le conociera a la sociedad norteamericana “sus entrañas”. A propósito nos dice que “Se habla de que los republicanos del Senado se negaron a confirmar a un caballero negro para un alto empleo…” (Martí, 1991, T11: 21) y nos refiere poco después que: “Mucho se comenta la energía del Presidente, que contra el voto del Senado ha dado en Washington a un negro un empleo altísimo”. (Martí, 1991, T11: 48)

Junto a la energía del Presidente evidencia las contradictorias posiciones del Senado y la algaraza que los medios periodísticos hicieron del hecho. Y añade a tales manifestaciones discriminatorias, que se suceden a todos los niveles de la sociedad norteamericana, el incidente ocurrido cuando Federico Douglass3 fuera designado representante de los Estados Unidos en Haití, a donde se dirigía:

“Los oficiales republicanos del buque de guerra en que iba Douglass, se negaron a ir de viaje con él, porque ´ no podían sentarse a la misma mesa que un mulato ´… y Douglass, que ha alquilado la vejez, dice que no hay mayor fineza, ni amigos más tiernos, que aquellos caballeros del buque: que no han ido con él”. (Martí, 1991, T12: 351-352)

Aprovecha no sólo para fustigar la discriminación con ejemplos que la evidencian a niveles de ridiculez insólitos en el país que se vanagloriaba de ser el paladín de la libertad. Es para el Maestro una actitud equivalente a la de quienes no lo aceptan a su mesa, la del orador que antes había sido esclavo y burlándose de su propia condición humana aceptaba indigno las humillaciones a que era sometido por tener diferente el tono de la piel. Tan duros términos expresan además la actitud con que Martí juzgaba su renuncia a los intereses y principios que lo llevaron a ocupar un lugar destacado entre los negros del Sur.

Aquí, sin embargo, nos brinda el Maestro otro elemento de su coherente aproximación al problema al subrayar la actitud que corresponde a los descendientes de los esclavos de darse a sí mismo un lugar de dignidad y decoro en aquella sociedad, puesto que a ellos también les correspondía dar continuidad, a escala de la conciencia social, de las conquistas alcanzadas en el terreno del derecho. Con elegancia y firmeza critica a quienes, como Douglass, aceptan la humillación y le hacen el juego, a cambio de determinadas posiciones que a la postre no daban la medida de una sustancial transformación en la actitud hacia las razas de las esferas de poder. Y finalmente, denuncia a los que de forma arrogante someten a un negro, quien es –valga decirlo – privilegiado en aquella coyuntura, a un trato discriminatorio y humillante, sin tener siquiera en cuenta la alta consideración que como dignatario merecería.

La raza humana

Como humillantes eran también las expresiones racistas y discriminatorias hacia los negras, en las que se potenciaba la herencia de la esclavitud más reciente –-legalmente superada-– y la más lejana de subordinación servil al hombre. Es así que describe el incidente del médico que en Charleston mató al “politicón celoso que vino, …a pedirle cuentas de sus amores con la linda criada de sus hijos; … caimán insolente, … que una vez escribió en un diario que no era igual el delito cuando se le quitaba la virtud a una negra que cuando se le quitaba a una blanca” (Martí, 1991, T12: 272) y la actuación del jurado, mayoritariamente conformado por negros, que decidió su absolución, desatando el jubilo festivo de la comunidad negra.

Da cuenta asimismo, de las expresiones de intolerancia racial a propósito de la discusión acerca de la conveniencia de que los negros se casasen con quienes quisieran, independientemente del color de la piel:

“Los caucásicos de Luisiana… encubriendo su odio con pretextos de moral pública, los pueblos de negros donde vive algún matrimonio de las dos razas, y flagelan sin misericordia, contra un tronco de meple al hombre o la mujer, desnudos de cintura arriba…”

“Pero el país no se inquieta… ni a los caucásicos nadie los castiga”. (Martí, 1991, T12: 41)

Cuando asevera en referencia a su querida patria, habida cuenta de las vivencias que había tenido como testigo de excepción en los Estados Unidos, que “a mis ojos no está el problema cubano en la solución política, sino en la social …”, (Martí, 1991, T1: 172) está Martí asignando su justo lugar a los factores económicos de forma tácita, los que habrían de ir de la mano de las soluciones políticas, aunque quizás no viera en toda su magnitud que la acumulación de capital erigida sobre la explotación esclavista resultaría insuperable –salvo escasos y excepcionales casos – para la mayoría de la población negra, como insuperable y creciente habría de resultar el abismo entre los países desarrollados y aquellos a los que años atrás se les sometió a la condición de colonias.

Se distancia así del espejismo de la época que con acierto describiera Mañach al señalar que “por el optimismo que ha dejado la Unión sobre el Sur, del romanticismo industrial sobre el romanticismo negrero…se acepta forzosamente la mera esclavitud al capital porque todo el mundo cree poder llegar a amo”. (Mañach, 1941, 122)

En su fuero interno Martí está convencido de que se requiere una voluntad política inexistente en los Estados Unidos para dar cabal solución a la desproporcionada diferencia que en el plano económico y social existía entre los grupos de diferente origen étnico, idea que referida a Nuestra América sintetizó con la frase “…si la república no abre los brazos a todos y adelanta con todos, muere la república”. (Martí, 1991, T6: 21)

Limitado en sus posibilidades de brindar solución a un país extraño con la misma agudeza que las que proponía para el suyo, el Apóstol concentra sus sugerencias al plano educacional puesto que veía en el acceso al saber una vía importante para el acceso a la igualdad:

“Ya el Congreso ha ayudado a la educación pública con concesiones de tierra nacional para colegios, así es que bien puede ayudar, con el mismo espíritu, con sumas destinadas al establecimiento de un sistema que generalice y unifique la educación nacional: los libertos del Sur, que influyen en la nación, necesitan recibir de la nación cultura suficiente para no influir en daño en ella … los trajimos de África, les otorgamos la ciudadanía, y los debemos poner para su bien y el de la nación, en capacidad de ser buenos ciudadanos”. (Martí, 1991, T12: 366)

Sin embargo, en esa alusión evidencia una marginación adicional e innecesaria, las “escuelas federales de la raza de color”, pero al menos el acceso al saber contribuiría al desarrollo de las inteligencias y, consecuentemente, al bienestar de aquellos a quienes les había sido vedado.

Quizás nada le hubiera resultado tan despreciable de la prepotencia racista de los Estados Unidos, ni siquiera los incidentes que con maestría incluyó en sus crónicas y noticias de Norteamérica, como las aviesas intensiones del gobierno que no ocultaba su beneplácito y hasta su regocijo en relación con las tendencias anexionistas que en algunos actores de la sociedad cubana habían surgido, a la par que “tiene escogida a Cuba como la tierra propicia para vaciar en ella la población liberta que embaraza a los Estados Unidos”. (Martí, 1991, T2: 347)

Supo distinguir en la prepotencia imperial y en el desdén norteamericano hacia los pueblos de América los mismos gérmenes que habían conducido en Europa al renacer esclavista del siglo XV. Se había trasplantado, cual metástasis maligna, el espíritu de superioridad etnocéntrica, la vocación mesiánica, el egoísmo de escala nacional, fermentos y catalizadores no sólo de desigualdad social, sino de profundas y aún no superadas manifestaciones de racismo y discriminación en los Estados Unidos.

Ante sus ojos tal realidad se constituía en una especie de alerta permanente que extrapolaba al proyecto de redención social al que consagraba sus mejores energías. No fueron pocas las páginas que dedicara a rechazar los intentos diversionistas del gobierno español y sus acólitos que trataban de mostrar “la guerra necesaria” como expresión del hegemonismo negro:

“El pensamiento superficial… puede afirmar… que la revolución cubana es el prurito insignificante de una clase exclusiva de cubanos pobres en el extranjero, o el alzamiento y preponderancia de la especie negra en Cuba…”. (Martí, 1991, T4: 152)

Sabe bien cuál es el componente principal de las fuerzas emancipadoras, en contraposición con el papel protagónico que en la Guerra de los Diez Años habían tenido los terratenientes y la incipiente burguesía nacional, puesto que son los desposeídos quienes habrían de encontrar causa común para la crucial liberación. Y sabe mejor que las causas y condicionamientos de tal alianza se fundamentan en la común desposesión y en el sufrimiento compartido, como hubiera significado antes en su fresco de la sociedad norteamericana.

A su vez comprende que tales tergiversaciones y maniobras de la metrópoli pretenden minar el excepcional esfuerzo unitario y coordinador desplegado para dar continuidad a la lucha armada en el interior del país –que abarcaba “…tanto a negros como a españoles, en su condición, ambos, de elementos in excluibles de nuestra nacionalidad…” –, (De Armas, comunicación personal) como en el exilio, fértil retaguardia y escenario excepcional en que el Maestro desarrollara su ideario emancipador.

En su Lectura en Steck Hall insiste sobre la idea:

“Los que se han acercado a los abismos, y bajado a su fondo; los que han buscado las fuentes del mal para cegarlas a tiempo, y han hallado en su camino leales auxiliares;…ni abrigan el temor, disfraz de culpas, de que hombres en su mayor parte sumisos, en corta porción inquietos, y en buena porción inteligentes, realicen bárbaros intentos, a cuya sola sospecha se sonrojan honrados negros y honrados mulatos.”

“No llevó el gobernador actual de la Isla, más rasgo señalado, ni más original política que la vulgar y tenebrosa que consiste en concitar contra los blancos cubanos a los hombres de color.” (Martí, 1991, T4: 203)

Aunque cuando tales conceptos se encuentran reiteradamente en la obra martiana, aun cuando tienen toda la fuerza moral, del derecho e incluso dentro de la fe, puesto que cataloga como un pecado contra la humanidad la distinción de razas, el problema no tiene para el Maestro sólo importancia teórica, sino que aprecia peligros potenciales de alta nocividad para la edificación de la nueva Patria en que se encuentra:

“Insistir en las divisiones de raza, en las diferencias de raza, de un pueblo naturalmente dividido, es dificultar la ventura pública, y la individual, que están en el mayor acercamiento de los factores que han de vivir en común”. (Martí, 1991, T2: 298)

Martí conoce perfectamente el sentir y los pesares de su pueblo. No ha sido fácil –ni siquiera culminado – el proceso de unidad de los diversos y desemejantes grupos, clases, sectores y estamentos que componen el pueblo cubano convocados a la lucha independentista, labor a la que Martí y el Partido Revolucionario Cubano han dedicado sus mejores energías:

“La desigualdad tremenda con que estaba constituida la sociedad cubana, necesitó de una convulsión para poner en condiciones de vida común los elementos deformes y contradictorios que la componían. Tanta era la desigualdad, que el primer sacudimiento no bastó para echar a tierra el edificio abominable, y levantar la casa nueva con las ruinas”. (Martí, 1991, T4: 236)

Su experiencia latinoamericanista le permite prevenirse de las manifestaciones caudillistas y sectarias que tanto daño habían hecho a otros pueblos hermanos y a nuestra propia historia independentista. Sabe que gracias a un largo y duro proceso en la historia de la independencia cubana se han creado las condiciones para la consolidación de la nacionalidad. Por ello denuncia la fatal cuña escisionista que quería desgarrar la unidad del pueblo cubano y señala con acierto a quien únicamente convenían tales vituperios:

“De otro temor quisiera acaso valerse hoy, [en Cuba] so pretexto de [alta] prudencia, la cobardía: el temor insensato; y jamás en Cuba justificado, a la raza negra. La revolución, con su carga de mártires y de guerreros subordinados y generosos, desmiente indignada, como desmiente la larga prueba de la emigración y de la tregua en [Cuba] la Isla, la tacha de amenaza de la raza negra con que se quisiese inicuamente levantar, [en Cuba] por los beneficiarios del régimen de España, el miedo a la [consecuencias desordenadas de la] revolución”.[1] (Martí, 1991, T4: 96)
Es efectivamente el miedo a la revolución lo que da pie a la propalación de tan malsanas ideas para “que los cubanos blancos crean que la revolución acarrearía el predominio violento de la raza negra, para que los cubanos negros, azuzados en la preocupación de raza, se divorcien de la revolución, que les quitó la cadena de los pies, que abrió su vida despreciada al mérito de los combates y a la autoridad de la gloria…” (Martí, 1991, T3: 103)

Para Martí “es un criminal el que promueva en Cuba odios o se aproveche de los que existen”. (Martí, 1991, T1: 172) Sabe que con tales pretensiones de “las agencias del gobierno español” se lesiona también el amor propio de miles de negros que se suman al proyecto emancipador, en el que cifran sus esperanzas independentistas de la patria y del que esperan justicia y espacio social inalcanzables para el cubano negro en la etapa colonial, puesto que “seria causar ofensa grave a la suma considerable de hombres de color cubanos, … suponer en ellos intentos cavernosos, que con ánimo sereno, serían y han sido ya, los primeros en encauzar y contener”. (Martí, 1991, T4: 204)

Hay no sólo confianza ilimitada en los hombres, no sólo un profundo conocimiento y justipreciación de valores muy elevados entre los de la raza negra, muchos de ellos a contrapelo del trato recibido por sus padres y abuelos, si no en carne propia; hay vivencias incontrovertibles de la conducta y actuación de los negros luego de la abolición de la esclavitud de Norteamérica, en las que primaba la contención antes que la revuelta, la resignación antes que la exigencia, el agradecimiento antes que el legítimo orgullo de quien se sabe merecedor de un elemental respeto ciudadano.

Por ello puede afirmar cabalmente que:

“Y si a la raza le naciesen demagogos inmundos, o almas [vehementes] ávidas cuya impaciencia propia azuzase la de su color, o en quienes se convirtiera en injusticia con los demás la piedad por los suyos, –con su agradecimiento y su cordura, y su amor a la patria, con su convicción de la necesidad de desautorizar por la prueba patente de inteligencia y la virtud del cubano negro la opinión que aún reine de su [ineptitud] incapacidad para ellas, y con la posesión de todo lo real del derecho humano, y el consuelo y la fuerza de la [ferviente] estimación (de) cuanto en los cubanos blancos hay de justo y generoso, la misma raza extirparía en Cuba el peligro negro, sin que tuviera que [temblar de miedo con su] alzarse a él una sola mano blanca”.[2] (Martí, 1991, T4: 97)

El problema racial constituye para Martí un sin sentido tan grande que con una lógica aplastante y con no pocas invocaciones al absurdo arremete contra el concepto de racismo sin consideración de ningún tipo:

“El racista blanco que le cree a su raza derechos superiores, ¿qué derecho tiene para quejarse del racista negro, que le vea también especialidad a su raza? El racista negro, que ve en la raza un carácter especial, ¿qué derecho tiene para quejarse del racista blanco? El hombre blanco que, por razón de su raza, se cree superior al hombre negro, admite la idea de la raza, y autoriza y provoca al racista negro. El hombre negro que proclama su raza, cuando lo que acaso proclama únicamente en esta forma errónea es la identidad espiritual de todas las razas, autoriza y provoca al racista blanco… El blanco que se aísla, aísla al negro. El negro que se aísla, provoca a aislarse al blanco”. (Martí, 1991, T2: 298-299)

Nos proviene así de una supuesta tendencia que podía conducir, por la vía de la hiperreacción extrema de algunos, a expresiones de racismo e intolerancia, tan graves como los que se esgrimiesen como causales de aquellos, entre la población negra y mulata. Y añade:

“La palabra racista caerá de los labios de los negros que la usan hoy de buena fe, cuando entiendan que ella es el único argumento de apariencia válida, y de validez en hombres sinceros y asustadizos para negar al negro la plenitud de sus derechos de hombre. De racistas serían igualmente culpables; el racista blanco y el racista negro”. (Martí, 1991, T2: 299-300)

Para el Apóstol lo único que diferencia y distingue a los hombres es el mérito. En las virtudes y maldades concentra su taxonomía humana, sin importarle la raza, el origen, el status social. A ello aporta una de las piezas más trascendentales de su obra, Mi raza, con la que perfila el signo delimitador esencial entre los hombres, aquello que los distingue de los animales y les aporta las virtudes superiores en las que confía y cifra todas sus esperanzas.

[1]En lo sucesivo, las referencias de textos de José Martí se remiten a las Obras Completas, Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 1971, siempre especificando el Tomo y las páginas en esa edición.

[2]Gómez era el más importante y aglutinador dirigente negro del país durante la fase preparatoria de la Guerra Chiquita.

[3]Douglass, calificado por Martí como “caudillo de los negros del Sur”, “el esclavo orador”, había expresado que el Gobierno de Cleveland les merecía cariño y confianza. Su designación como representante de los Estados Unidos en Haití desencadenó no pocas polémicas, entre las que el Maestro registra esta: “Lewis responde (…):– ´ no he de nombrar, dice, a un negro para un empleo inferior, y de mero amanuense, cuando la nación nombra a un mulato, a Federico Douglass, como su representante, representante de los Estados Unidos, en otra república, en Haití.´ -´ Haití es tierra de negros! ´ le responde el diario…” en OC, t.12, p. 293

[1]Los textos en corchetes aparecen tachados en el original

[2]Los textos en corchetes aparecen tachados en el original Referencias bibliográficas: * De Armas, Ramón: Comunicación personal al autor * Guerra Castañeda, Armando: Martí y los Negros, Imprenta Arquimbau, La Habana, 1947 * El sentimiento étnico de Martí, Imp. La Moderna Poesía, La Habana, 1925 * Mañach, Jorge: Martí el Apóstol, Reproducciones Gráficas S.A., Festival del Libro, Cuba, La Habana, 1941 * Martí, José: Obras Completas, Editorial de Ciencias Sociales; La Habana, 1991. * Ortiz, Fernando: El engaño de las razas, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975 * Poey Baró, Dionisio: Comunicación personal al autor. * Sotolongo Comintong, Dulce M.: “El antirracismo martiano en Fernando Ortiz y Emilio Roig”, Trabajo de Diploma de la Universidad de La Habana, La Habana, 1986.

  • De Armas, Ramón: Comunicación personal al autor
* Guerra Castañeda, Armando: Martí y los Negros, Imprenta Arquimbau, La Habana, 1947 * El sentimiento étnico de Martí, Imp. La Moderna Poesía, La Habana, 1925 * Mañach, Jorge: Martí el Apóstol, Reproducciones Gráficas S.A., Festival del Libro, Cuba, La Habana, 1941 * Martí, José: Obras Completas, Editorial de Ciencias Sociales; La Habana, 1991. * Ortiz, Fernando: El engaño de las razas, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975 * Poey Baró, Dionisio: Comunicación personal al autor. * Sotolongo Comintong, Dulce M.: “El antirracismo martiano en Fernando Ortiz y Emilio Roig”, Trabajo de Diploma de la Universidad de La Habana, La Habana, 1986.

Última modificación: 13 de enero de 2011 a las 11:33
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